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Chile: Un negocio redondo

Por Álvaro Cuadra

jueves 20 de noviembre de 2008

Una de las características de la

política chilena actual es el haber

naturalizado un universo bipolar. Si

examinamos los procesos electorales

verificados en el país durante la década

de los noventa y hasta el presente,

siempre hemos asistido a la oposición

entre Concertación y Alianza. El hecho es

sintomático y remite a algo mucho más

profundo: Chile ha repetido el monótono

libreto de aquel épico plebiscito del “Sí” y

el “No”.

Es interesante destacar que aquella

oposición plebiscitaria dio cuenta de un

momento histórico y de una generación

que ya no representa a la mayoría de los

chilenos. Podríamos decir que el

imaginario político nacional sigue

anclado, en lo fundamental, a un guión

que ya no da cuenta del mundo en que

vivimos. El Chile de hoy es mucho más

diverso de lo que exhiben los grandes

partidos políticos y muy otros los

problemas que nos aquejan.

Es cierto, la actual Constitución

opera como una camisa de fuerza que

impide la ampliación del espectro de

ideas. La cuestión es que el actual diseño

político, por aberrante y antidemocrático

que nos parezca, ha generado una red de

intereses y complicidades económicas

 

y políticas que muy pocos estarían

dispuestos a modificar. Así, los chilenos

residentes en el extranjero están privados

del derecho ciudadano para ejercer el

voto y la mayoría de los jóvenes no se

sienten convocados por un sainete

electoralista que se aleja cada vez más de

la realidad cotidiana.

La Carta Constitucional chilena

refleja, en lo grueso, un conjunto de

criterios y decisiones políticas que fueron

tomadas por una dictadura militar y cuyo

eje no es otro que la “seguridad nacional”.

Los legisladores de aquel entonces

diseñaron una “democracia protegida”, es

decir, un conjunto de leyes que hicieran

imposible cualquier cambio social

sustantivo en el Chile del futuro. De este

modo se hizo una Carta Magna que

asegurara para siempre la “libertad de

comercio”, la “propiedad privada”, y

eliminara la amenaza al capital:

sindicatos, movimientos o partidos que

cuestionaran dicha legalidad. El Chile que

heredamos es, exactamente como estaba

previsto, el resultado de aquel diseño

 

socio-político: un país de bajos salarios en

que la previsión de los trabajadores, una

forma de ahorro obligatorio vía AFP, ha

sido convertida en capital de grandes

inversionistas que lucran con el esfuerzo

de todos los chilenos, de escasa

cobertura y mínima rentabilidad.

El Chile de hoy es, desde el punto de

vista económico y político, un negocio

redondo. La actividad política ha sido

convertida entre nosotros en la manera

como el capital administra el Estado. La

figura del político y la del empresario se

han hecho sinónimos. La Constitución

Política es el instrumento que consagra

plenamente la simbiosis entre Estado y

capital, señalando con ello los límites de

cualquier reforma, tal como ha quedado

demostrado durante casi veinte años.

Esto hace evidente que una

reconfiguración democrática desde el

seno de la actual institucionalidad es, por

decir lo menos, no sólo improbable sino

impensable. Lo que podemos esperar, en

cambio, es hacer explícito este maridaje a

través de un presidente empresario, sea

que se trate de un concertacionista como

los ha habido, o de algún populista de

derechas jugando el papel de “humanista

cristiano” o, acaso, de algún excéntrico y

caricaturesco personaje. Poco importa, en

verdad, pues lo cierto es que desde hace

mucho nuestra sociedad se ha convertido

en una sociedad anónima.

Álvaro Cuadra

Investigador y docente de la Escuela

Latinoamericana de Postgrados (ELAP)

ARENA PÚBLICA, Plataforma de Opinión,

Universidad ARCIS

 

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